Escribo para nadie...

y se ha creado una improvisación que no existe. Me he despegado de mí.
Clarice Lispector

martes, 30 de noviembre de 2010

La Escollera

Yo lo miraba desde la escollera y pensaba que era el único capaz de defenderme. Algo así como tirar de a una las piedras al fondo del agua y levantar el muro que nos separara del resto.
- ¿Qué son?
- Almejas?
- Están rotas
- Sí.
A esa edad él no tenía canas y yo le admiraba los brazos fuertes llenos de pecas. Se asustaba de mi coraje. Mucho más cuando me perdía de vista en el mar. Se las rebuscaba en el río pero nunca había aprendido a nadar en el mar. Un muro de defensa, hija. Desde ahí arriba inspira respeto el mar.
Creerte. Creer cualquier cosa que dijera. Estremecerse cada vez que la tanza iba directo al agua. Pensar que la caña era capaz de sentir lo mismo que yo. La mano rozando el hombro al levantar el bretel y después virar la vista, rápido. Evitar el contacto. Dale hija. En media sale el sol y no hay más pique.
Yo no quería defenderme. Mucho menos si se trataba del oleaje. Pero él no lo entendía y a mí me encantaba acompañarlo a tirar piedras al agua. Era casi lo mismo que intentar darle forma a la medusa. Yo pensaba en eso mientras hurgaba en el vértice de la cruz para ver si encontraba algo que me indicara el modo de volver a la forma original.
Si se rompe el original todo lo demás son parches, me había dicho Martín pero yo no lo había entendido. No existía para mí nada más triste que una medusa descompuesta en la playa.
Repetíamos el juego cada año. Romper el cuerpo gelatinoso y no conformarse del todo. Buscar en los balnearios cercanos la rama más gruesa para desarmar la cruz del lomo. Desdibujarla y volverla a armar. Apostar tantas veces hasta aburrirse. Ahora se parace a una serpiente pero después será otra cosa. Que total el molusco no respira. Que si existe el sufrimiento se ve en los ojos y que los moluscos no tienen ojos. No nadan ni se envenenan. Ni sexo, ni oídos, nada. Asexuados, hija. Asexuados. No son nena ni varón.
Cuando levanté la vista él ya había doblado en la esquina y buscaba algo agachado dentro de la carpa. De lejos me parecieron dos cañas de pescar. De esas que usábamos de madrugada para ver si picaba algo desde la escollera.
Enseguida pensé que esa noche le diría a Martín que no me esperara. Que disculpe. Que mejor no tirar piedras. Que no vale la pena suponer que uno debe defenderse del oleaje. Que las almejas llegan a la costa rotas, igual.

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